El Ejemplo.

Ya lo decía Einstein, “dar ejemplo, no es la mejor forma de enseñar, es la única”

La mejor herramienta educativa es el ejemplo, y la familia cuenta con ella para educar, formar, y guiar a sus hijos por la vida. Son los padres, educadores naturales, quiénes desde el nacimiento brindan el afecto, cuidados y estímulos necesarios para el desarrollo emocional, psíquico y físico de los pequeños. El lenguaje, las habilidades físicas, la afición a un deporte, la capacidad de convivencia, la afectividad, la identidad personal, las creencias religiosas todo esto y más se aprende en la familia a través de los lazos que se desarrollan con el ejemplo que ofrecen los Padres.

La ejemplaridad de las acciones tiene gran impacto en el niño, en buena parte de lo que durante la infancia haya observado e imitado de sus padres. El aprendizaje por vía del ejemplo es sustancialmente distinto a la enseñanza escolar, muy dependiente del currículum teórico-intelectual.

Es evidente que sí como padres mostramos una conducta que transmite buenos ejemplos, estaremos entregando a nuestros hijos un modelo que les sirva como guía en la vida.

Muchos que hoy son adultos, recurren a su memoria para recordar que haría mi padre o madre en está o en está otra circunstancia. Es una manera de recordar aquellos ejemplos que nos guiaron durante no solo la niñez si no también durante toda la vida.

He visto a mi anciano padre recordar los consejos de mi abuela. Asi con el ejemplo forjamos, y le damos continuidad a la cadena que nos une con nuestros antepasados, y que nos dan sentido de identidad y pertenencia.

La palabra convence,  el ejemplo enseña Mamá y Papá no olviden, don los modelos que vaya hijos síguen.

El poder que hay detrás de la expresión “se enseña con el ejemplo” queda perfectamente manifestado en la siguiente historia:

Una mujer fue junto con su hijo a ver a Gandhi. Gandhi le preguntó que quería y la mujer le pidió que consiguiese que su hijo dejase de comer azúcar.

            Gandhi le contestó: traiga usted otra vez a su hijo dentro de dos semanas.

Dos semanas más tarde la mujer volvió con su hijo. Gandhi se volvió y le dijo al niño: “deja de comer azúcar”.

La mujer muy sorprendida le preguntó: ¿por qué tuve que esperar dos semanas para qué usted le dijese eso? ¿Acaso no podía habérselo dicho hace quince días?

Gandhi contestó: no, porque hace dos semanas yo comía azúcar.

Francisco Fritis C.

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